domingo, 7 de junio de 2026

La otra geografía del poder mexicano


 

Por: 𝒢𝒶𝓈𝓉𝒶𝓃𝒹𝑜 𝒯𝒾𝓃𝓉𝒶 


Durante años, el análisis político mexicano se acostumbró a medir la fuerza de los partidos como si fueran los únicos protagonistas de la vida pública. Se hablaba de la hegemonía del PRI, del ascenso del PAN o de la expansión territorial de Morena como si cada elección fuera únicamente una disputa entre colores, siglas y liderazgos.


Sin embargo, los acontecimientos recientes en entidades como Coahuila obligan a observar algo más profundo. No estamos frente a una simple excepción electoral ni ante un revés circunstancial para el partido gobernante. Estamos ante un fenómeno político que podría definir buena parte de la próxima década en México: la supervivencia y adaptación de los poderes regionales sustentados en economías productivas propias.


La pregunta no es por qué Morena no gobierna Coahuila.


La pregunta es por qué existen estados que continúan tomando decisiones políticas distintas al resto del país aun cuando enfrentan la misma narrativa nacional, los mismos programas federales y las mismas tendencias electorales.


La respuesta parece encontrarse menos en los partidos y más en la estructura económica de esos territorios.


Coahuila comparte características con Nuevo León, Chihuahua, Querétaro, Aguascalientes y parte de Jalisco. Son entidades donde la economía no depende exclusivamente del gasto público ni de la dinámica administrativa del gobierno federal. Su crecimiento descansa en industrias manufactureras, cadenas de exportación, inversión privada, agroindustria tecnificada y una sólida red de empresarios locales con capacidad de organización e influencia.


Durante mucho tiempo se creyó que la globalización terminaría debilitando a las élites regionales. Ocurrió exactamente lo contrario.


La integración económica con los mercados internacionales fortaleció a grupos empresariales que encontraron en su territorio una ventaja competitiva. Con el paso de los años desarrollaron instituciones, universidades, organismos intermedios y redes de colaboración capaces de trascender gobiernos y coyunturas electorales.


Lo interesante es que este fenómeno no necesariamente representa una oposición ideológica al proyecto nacional encabezado por Morena.


Interpretarlo así sería simplificar demasiado la realidad.


Lo que estamos observando es la coexistencia de dos fuentes distintas de legitimidad política.


Por un lado, la legitimidad derivada de una mayoría electoral nacional articulada alrededor de un proyecto político centralizado. Por otro, la legitimidad construida desde regiones cuya fortaleza económica les permite defender agendas, prioridades y ritmos propios.


No es una confrontación abierta. Es un proceso de negociación permanente.


De hecho, resulta revelador que muchos de estos estados mantengan relaciones institucionales estables con el gobierno federal mientras conservan una marcada autonomía política local. Han aprendido a convivir con la nueva realidad nacional sin renunciar a sus propios centros de decisión.


Quizá ahí se encuentre una de las claves para entender el México que viene.


La política de los próximos años podría dejar de definirse exclusivamente por la competencia entre partidos y comenzar a explicarse por la interacción entre regiones productivas y estructuras nacionales de poder.


En otras palabras, el debate ya no sería únicamente quién gobierna, sino desde dónde se genera el poder que permite gobernar.


Coahuila vuelve a poner esa discusión sobre la mesa.


No porque haya derrotado a Morena. No porque represente una anomalía electoral. Sino porque demuestra que, incluso en tiempos de hegemonías nacionales, siguen existiendo territorios capaces de construir dinámicas políticas propias a partir de su fortaleza económica, institucional y social.


Quizá estamos presenciando el nacimiento de una nueva etapa en la política mexicana.


Una etapa donde los partidos seguirán siendo importantes, pero donde la verdadera disputa comenzará a girar alrededor de algo más complejo: la capacidad de las regiones para conservar influencia, identidad y autonomía dentro de un país cada vez más centralizado políticamente.


Las elecciones seguirán captando los reflectores. Pero debajo de ellas se está moviendo una corriente más profunda.


Y como suele ocurrir en política, las transformaciones más importantes son aquellas que casi nadie está mirando mientras suceden.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

La otra geografía del poder mexicano

  Por: 𝒢𝒶𝓈𝓉𝒶𝓃𝒹𝑜 𝒯𝒾𝓃𝓉𝒶  Durante años, el análisis político mexicano se acostumbró a medir la fuerza de los partidos como si fuer...