Por: 𝒢𝒶𝓈𝓉𝒶𝓃𝒹𝑜 𝒯𝒾𝓃𝓉𝒶
En política, la popularidad puede abrir puertas, pero rara vez garantiza que quien las cruza sepa qué hacer al otro lado. Durante años, las encuestas partidistas han convertido el conocimiento público en una especie de pasaporte electoral: quien aparece más, quien suena más, quien tiene mayor reconocimiento, parecía llevar ventaja. Pero Morena parece haber entendido algo que todos los partidos terminan descubriendo, aunque algunos lo hagan demasiado tarde: ser conocido no es lo mismo que ser confiable.
La dirigencia morenista prepara un ajuste en su método para seleccionar candidaturas rumbo a los próximos procesos electorales. Y el cambio, aunque presentado como una modificación metodológica, tiene implicaciones políticas mucho más profundas. El partido busca que el llamado "saldo de opinión" tenga mayor peso en sus encuestas internas, es decir, que no baste con que un aspirante sea conocido; también deberá contar con una percepción positiva respecto de su honestidad, conducta y cercanía con la ciudadanía.
La idea ha sido expuesta por Citlalli Hernández Mora, presidenta de la Comisión Nacional de Elecciones de Morena, quien asumió esa responsabilidad en abril pasado con la encomienda de conducir los procesos internos rumbo a 2027 y participar en la definición de las alianzas electorales del partido.
Y aquí aparece el primer punto interesante.
Morena ya no es aquel movimiento que necesitaba encontrar figuras competitivas para abrirse paso en el escenario electoral. Hoy gobierna el país y tiene presencia en buena parte del territorio nacional. Esa transformación modifica también sus problemas. Cuando un partido está en la oposición, ganar es la prioridad. Cuando llega al poder, la pregunta cambia: ¿a quién pone a gobernar?
Porque una cosa es ganar una elección y otra muy distinta gobernar con legitimidad.
La propia lógica planteada por Hernández apunta a que, después de casi 15 años de existencia del movimiento, ninguna figura individual debería estar por encima del proyecto. Es una definición política que puede sonar sencilla, pero que representa un desafío enorme para un partido que ha crecido precisamente alrededor de liderazgos muy visibles y personalidades con enorme capacidad de movilización.
El nuevo criterio pretende equilibrar la competitividad electoral con algo que durante mucho tiempo ha quedado en segundo plano: la confianza.
Y eso, en política, es un terreno resbaladizo.
Un candidato puede ser conocido por las mejores razones, pero también por las peores. Puede tener una enorme presencia mediática y, al mismo tiempo, una reputación deteriorada. Puede llenar plazas y no convencer a sus vecinos. Puede ser popular en redes sociales y profundamente cuestionado en territorio. La fama, por sí sola, es una moneda de valor incierto.
Por eso el "saldo de opinión" puede convertirse en un filtro relevante. La lógica es clara: si una persona es conocida, pero su evaluación ciudadana es negativa, esa notoriedad deja de ser una ventaja y se convierte, incluso, en una advertencia.
El problema, sin embargo, no está solamente en diseñar una nueva fórmula. Está en demostrar que esa fórmula será aplicada con consistencia.
Porque si Morena quiere que la honestidad y la reputación sean factores centrales, tendrá que aceptar también que el criterio puede dejar fuera a personajes con poder, estructura o notoriedad. Y ahí es donde comienzan las verdaderas pruebas de cualquier método de selección.
La política mexicana tiene una larga historia de encuestas, acuerdos y negociaciones. Morena tampoco escapa a esa realidad. De hecho, el partido ya anunció que las reglas para 2027 no serán idénticas a las utilizadas en procesos anteriores y que no habrá necesariamente "premios de consolación" para quienes pierdan una encuesta, una señal de que busca modificar prácticas que habían generado expectativas entre los aspirantes.
La reserva sobre las fechas y lugares exactos de los levantamientos de campo también responde a una preocupación entendible: evitar movilizaciones artificiales, presión territorial o intentos de influir en las mediciones. Pero la confidencialidad, por sí misma, no construye confianza. La confianza se construye cuando los resultados son explicables, los criterios son claros y quienes participan aceptan las reglas antes de conocer el resultado.
Ahí estará el verdadero desafío.
Morena llega a esta etapa con una competencia interna cada vez más intensa. Los procesos de 2027 serán una prueba para un partido que ya no puede justificar todos sus resultados apelando exclusivamente a su fuerza electoral nacional. Gobernar también desgasta. Los errores pesan. Las decisiones tienen consecuencias. Y los ciudadanos, a diferencia de los militantes, no votan necesariamente por lealtad partidista.
Por eso el giro metodológico puede ser una buena noticia si realmente significa una evolución en la forma de construir candidaturas. Pero también puede quedarse en un cambio de lenguaje si la popularidad continúa pesando más que la reputación cuando llegue la hora de tomar decisiones.
La ironía política, esa que suele aparecer sin ser invitada, es que todos los partidos dicen buscar a los mejores perfiles cuando llega la temporada electoral. La diferencia está en qué entienden por "mejor".
Si Morena quiere demostrar que su método ha madurado, tendrá que probar que un candidato conocido no necesariamente es un buen candidato, que una estructura política no sustituye la confianza ciudadana y que la cercanía con la gente no se mide solamente durante los meses previos a una elección.
Al final, el verdadero saldo de opinión no lo determina una encuesta interna.
Lo determina la memoria de la ciudadanía.
Y esa encuesta, a diferencia de las partidistas, no tiene fecha de levantamiento, no necesita casas seleccionadas al azar y mucho menos acepta premios de consolación. Se responde todos los días, en las calles, en las colonias y frente a las urnas.
Morena puede cambiar su metodología. Puede perfeccionar sus encuestas y blindar sus levantamientos. Pero si de verdad quiere que la confianza desplace a la fama, tendrá que estar dispuesto a elegir, incluso cuando resulte incómodo, a quienes la gente considera confiables y no solamente a quienes todos conocen.
Porque gobernar con popularidad puede ganar una elección.
Gobernar con confianza es lo que permite conservarla.

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